Los movimientos ciudadanos que dieron origen a la creación del IFE como institución ciudadana o de la CNDH como organismo autónomo, mismas que se consideraban conquistas ciudadanas, lo fueron únicamente durante uno o dos periodos y ahora las hemos perdido: con los nombramientos de Leonardo Valdés en el IFE y de Raúl Plascencia que por acuerdos políticos, el Senado nombró en vez de Emilio Álvarez, quien contaba con el apoyo de la mayoría de las organizaciones ciudadanas y se había distinguido por una gestión favorable a los derechos humanos cuando estuvo al frente de la Comisión de Derechos Humanos del D.F.
Vale la pena recordar, por ejemplo, que cuando Gustavo Díaz Ordaz en su informe de gobierno de septiembre de 1968 (un mes antes de los sucesos del 2 de octubre en Tlatelolco) mencionó “hemos sido tolerantes hasta extremos criticables” refiriéndose al conflicto estudiantil y las reacciones gubernamentales, lo que provocó ovaciones por parte de la mayoría de los diputados que eran priistas.
Los gobiernos priistas se caracterizaron por sus modos autoritarios y de relación coorporativa con la ciudadanía, no permitieron formas de participación política que salieran de las del sistema político. Luego de la victoria de Vicente Fox, que bien o mal incorporó a la actividad política y gubernamental prácticas y modos democráticos fue excesivamente criticado; el PRI a la fecha sigue recuperando puestos de elección popular con la idea y el slogan “Sí sabe gobernar”, slogan que necesariamente nos hace preguntarnos, ¿acaso “saber gobernar” implica saber ser autoritario?
Sin embargo, los modos autoritarios no han sido exclusivos del PRI. Para 1910, el movimiento revolucionario que dio fin al porfiriato y redactó la Constitución vigente fue dirigida por las élites del momento, salvo en el caso de Villa y Zapata, cuyas demandas fueron incluidas en el diseño institucional y plasmados en la Constitución, pero ellos fueron excluidos del sistema político vigente hasta nuestros días.
El PRI y el diseño institucional, incluidas las que Carpizo llamó facultades meta constitucionales del presidente, son producto de un movimiento social en el que sólo se sustituyeron las élites políticas y militares sin dar apertura democrática, aunque ésta tampoco es la primera expresión de autoritarismo.
Los mexicanos, que en su mayoría somos mestizos, conservamos rasgos que tienden al autoritarismo y que de algún modo orientan nuestro modo de participación política: tanto la figura del Huey Tlatoani mexica, como la del rey español (entre sus muchas diferencias), se ungían como figuras todo poderosas, incuestionables y proveedoras del pueblo; eran figuras paternalistas. Tiempo después, luego de la victoria de la independencia en 1824, cuando al poder del Estado en México se le dio fundamento jurídico y político se tuvo que hacer con rasgos y costumbres paternalistas.
Por cierto, la Constitución de 1824 entre otros aspectos, contenía al catolicismo como religión oficial (para que el movimiento de independencia tuviera éxito, se tuvo que promocionar como un movimiento católico y dirigido por sacerdotes, es decir una de las figuras más explícitas del paternalismo como lo indica su nomenclatura).
El sistema político republicano dio pauta a gobiernos inestables e ineficaces, que originaron el surgimiento del movimiento revolucionario de Ayutla, mismo que dio origen, por fin a la definición de un Estado laico en la Constitución de 1857. Dicha Constitución laica, por cierto, fue jurada “En el Nombre de Dios” por el Congreso Mexicano. Dada la inestabilidad política que se vivía, sólo se pudieron legitimar y consolidar actores nacionalistas y autoritarios como cabezas del Estado, dos principalmente: Benito Juárez y Porfirio Díaz y evidentemente, los ciudadanos subordinados a éstos.
Las teorías más recientes de gobiernos eficaces incluyen la participación de la sociedad civil en el rumbo de las políticas públicas y en el modo de gobernar, sin embargo a la fecha no hemos sido capaces de hacerlo; luchar contra el autoritarismo va más allá de tomar conciencia, implica luchar contra toda nuestra historia y sus procesos. En este esquema, es lógico sentir que el mejor modo de organización debe ser alrededor de un líder, que la democracia nos confunda y sentir nostalgia por el autoritarismo.
